En 1789
Goya fue nombrado pintor de cámara por Carlos IV y en 1799
ascendió a primer pintor de cámara junto a Mariano Salvador Maella. Goya disfrutó de una posición privilegiada en la
corte, hecho que determinó que el Museo del Prado de Madrid
heredara una parte muy importante de sus obras, entre las
que se incluyen los retratos oficiales y los cuadros de tema
histórico. Estos últimos se basan en su experiencia personal
durante la Guerra de la Independencia Española (1808–1814) y
trascienden la representación patriótica y heroica para
crear una salvaje denuncia de la crueldad humana.
Algunos de
los retratos más hermosos que realizó de sus amigos, de
personajes de la corte y de la nobleza datan de la década de
1780. Entre ellos se encuentran obras como Carlos III,
cazador (1786–1788), Los duques de Osuna y sus hijos (1788),
ambos en el Museo del Prado de Madrid, o el cuadro La
Marquesa de Pontejos (c. 1786, Galería Nacional,
Washington); en todos ellos emplea una paleta de colores muy
luminosa y un estilo heredero de la pintura Velázquez.

Dos de sus
cuadros más famosos, obras maestras del Prado, son La maja
desnuda (1790–1800) y La maja vestida (1802–1805). Del año
1800 son también La condesa de Chinchón (adquirido por el
Museo del Prado en el año 2000), uno de los retratos más
hermosos y delicados de la historia del arte, y La familia
de Carlos IV (Museo del Prado), donde se muestra a la
familia real con una sencillez y honestidad muy apartadas de
la habitual idealización.
En el
invierno de 1792, durante una visita al sur de España, Goya
contrajo una grave enfermedad que le dejó totalmente sordo y
marcó un punto de inflexión en su expresión artística. Entre
1797 y 1799 dibujó y grabó al aguafuerte la primera de sus
grandes series de grabados, Los caprichos, en los que, con
profunda ironía, satiriza los defectos sociales y las
supersticiones de la época. Otras series posteriores, como
Los desastres de la guerra (Fatales consecuencias de la
sangrienta guerra en España con Bonaparte y otros caprichos
enfáticos), de 1810, y Los disparates (1820–1823), presentan
comentarios aún más cáusticos sobre los males y locuras de
la humanidad.