Los años
de la década de 1620 a 1630 son aquellos en que, sin duda,
José de Ribera dedicó más tiempo y atención al grabado,
dejando algunas estampas de belleza y calidad excepcionales:
San Jerónimo leyendo (1624), El poeta y Sileno ebrio (que
repite su cuadro del Museo de Capodimonte de Nápoles).
A partir
de 1626, se poseen abundantes obras de José de Ribera
fechadas que dan testimonio de su maestría. su pasta
pictórica se hace más densa, modelada con el pincel y
subrayada por la luz con una casi obsesiva búsqueda de la
verdad material, táctil, de la realidad y su relieve.
Los
temas pictóricos de José de Ribera presentan una iconografía
religiosa; el artista plasma de una forma muy explícita e
intensamente emocional escenas de martirios como El martirio
de San Bartolomé o El martirio de San Felipe (1639), en el
Museo del Prado, así como representaciones individuales de
medias figuras o de cuerpo entero de los apóstoles
(Apostolados).
Sin
embargo, José de Ribera realizó también obras de
carácter profano, como figuras de filósofos (Arquímedes,
1630, Museo del Prado), temáticas mitológicas como el Sileno
del Museo de Capodimonte de Nápoles de 1626 (es su primer
cuadro firmado y fechado), representaciones alegóricas de
los sentidos (Alegoría del tacto de 1632, Museo del Prado,
conocido como El escultor ciego), y algunos retratos como
Retrato de Magdalena Ventura con su marido (1631, Fundación
Casa Ducal de Medinaceli, Palacio Lerma de Toledo).
Entre los
años 1626 y 1632 José de Ribera realizó sus obras más
rotundas que muestran su fase más tenebrista son aquellas
composiciones severas de grandes diagonales luminosas que
llenan la superficie, subrayando siempre la solemne
monumentalidad del conjunto con elementos de poderosa
horizontalidad, como gruesas lápidas de piedra o enormes
troncos.
En 1629 el
duque de Alcalá es el nuevo virrey, y el pintor va a ser su
nuevo mecenas, éste le encarga obras como la Mujer Barbuda
(1631) o una serie de Filósofos, en los que deja testimonio
de su naturalismo más radical: modelos de una vulgaridad
casi hiriente, traducidos con una alucinante verdad
intensísima.
Década de los años 1640 de José de Ribera
La
década de los 40, con las interrupciones debidas a su
enfermedad (a pesar de ello no rompió la actividad del
taller), supuso una serie de obras de un cierto clasicismo
en la composición, sin renunciar a las energía de ciertos
rostros individuales aunque en su obra también se
experimenta de nuevo un cambio estilístico que le devuelve
en cierta medida a las composiciones tenebristas de su
primer a etapa; las causas fueron sus desgraciadas
circunstancias personales. La crisis económica que sucedió a
la revuelta de Masaniello en Nápoles (1647) afectó a la
producción pictórica de Ribera.
Además,
para sofocar la revuelta, acudieron a Nápoles las tropas
españolas bajo el mando de don Juan José de Austria, hijo
natural de Felipe IV de España. Una de las hijas de
José de Ribera Margarita, fue seducida por Juan José, tras
la revuelta y la aventura familiar, José de Ribera enfermo
reduce considerablemente su trabajo.
Su taller
va reducido el número de oficiales, huidos de Nápoles por
temor a las represalias, y, sin embargo, todavía firma
alguna de sus obras maestras el mismo año de su muerte y da
fin a ciclos largamente meditados.
Son
ejemplos de este momento La Inmaculada Concepción (1650,
Museo del Prado) y San Jerónimo penitente (1652, Museo del
Prado).

Obras destacadas de José de Ribera
-
Sileno
borracho (1626). El lienzo se encuentra en el Museo de
Capodimonte en Nápoles. De él hizo Ribera una versión
grabada, con ligeras variantes. Este cuadro refleja a
Sileno tendido sobre un paño rodeado de diversas
figuras : un asno y un joven sátiro con una taza en la
mano, otro sátiro que vierte vino en la copa de Sileno,
y un tercero. En el suelo se encuentra un bastón, una
tortuga y una concha. Algunos autores creen que este
cuadro es una interpretación de una bacanal en el curso
de un festejo para coronar a Baco, sin embargo otros
opinan que refleja el perfil clasicista ya que asocian a
Apolo, el dios que en la iconografía renacentista y
barroca se asocia con Sileno.
-
San
Andrés (1630). Se encuentra en el Museo del Prado en
Madrid. Se representa al santo ante un fondo oscuro
abrazando la cruz de su martirio y con un grueso anzuelo
en la mano, al que está sujeto un pez. Este detalle
alude al oficio de pescador. Aparece con el torso al
descubierto y se ve a la figura iluminada desde la
izquierda. Al representar esta figura aislada con
sencillez y sentido realista, el pintor crea una imagen
de profundo impacto emotivo.
-
La
mujer barbuda (1631). El lienzo se encuentra en el
Hospital Tavera de Toledo (Fundación Lerma). Es uno de
los cuadros más insólitos de la pintura europea del
siglo XVII. Ya que refleja a la mujer con un aspecto
masculino, e en el cual aflora el drama psicológico de
la mujer transformada en hombre y la resignación del
marido.
-
La
Inmaculada Concepción (h. 1636). El cuadro se encuentra
en la iglesia del Convento de las Agustinas Recoletas de
Salamanca. Es una representación tradicional: viste a la
Virgen con manto azul y túnica blanca e incorpora a los
ángeles a su alrededor. Pero llama la atención por su
desusado formato y su exuberancia cromática. Sucia y en
malas condiciones por largo tiempo, fue restaurada con
motivo de la antológica de Ribera celebrada en el Museo
del Prado en 1992. Es considerada como una obra esencial
de la fase de más intenso pictorismo y luminismo del
español y como una obra maestra de la pintura barroca
napolitana y española.

-
La
Trinidad (1635–1636). Este cuadro se encuentra en el
Museo del Prado, Madrid. Existe una réplica de calidad
casi idéntica en el Monasterio del Escorial. En este
lienzo combina el estilo tenebrista de sus años
juveniles, la cual se aprecia en la violenta iluminación
del cuerpo de Cristo, con un pictoricismo preciosista.
-
Asunción de la Magdalena (1636). Este cuadro se hallaba
en el Escorial pero hoy día está en la Academia de San
Fernando. Aparece en un inventario de 1700 como una
«Magdalena con marco dorado de tres varas y cuarto de
largo». En esta obra, Ribera, aunque representa uno de
los símbolos más importantes del sacramento de la
penitencia en el mundo de la Contrarreforma, elaboró una
imagen que exalta la belleza y la fascinación femenina
de la santa.