Novela de Juan Manuel Vázquez Sanmartín     

             Aquí tenéis un ensayo literario que pensamos no deberías dejar de leer por su gran calidad, estaréis sumergido en un mundo de misterios suspense e    intriga ..El autor logra convertirnos en devorador de líneas para lograr cuanto antes tener la conclusión de esta interesante y apasionante historia.

 

La Muerte Silenciosa

      Aquel invierno acontecieron hechos extraños en Santiago. Para empezar, la lluvia. Durante todo el invierno no paró de

 llover. Bueno. Bien. Vale. Que es normal que llueva en Santiago. Que la lluvia es arte en Santiago. Que si no llueve

 Santiago no es Santiago, me dirán todos. Pero tendrán que convenir conmigo en que cuando se pasa todo un invierno

 lloviendo a mares, con inundaciones incluidas, por más que se esté acostumbrado al agua caída del cielo, algo raro pasa; y

 lo cierto es que aquel maldito invierno llovió tanto, que al pobre Don Rosauro tuvieron que ingresarlo una buena tarde por

 el dolor en su pierna izquierda a causa de la humedad. Al pobre Don Rosauro, que acabaría cayendo algunos años

 después por la misma miseria que se había llevado a su admirado Schubert. Pero ésa es otra historia. Y después está lo

 otro, lo de esos asesinatos, y lo de la pobre Silvia, mi querida Silvia. Pero debo empezar por el principio. Y el principio

 ocurre unos meses antes, cuando, aún no sé muy bien cómo, doy con mis huesos en Santiago, con el objetivo de hacerme

 un hombre de provecho y estudiar una licenciatura. El caso es que, milagrosamente, la empresa se saldaría con éxito por mi

 parte, aunque aún hoy es el día en que no acierto a comprender cómo, una mañana, fui a parar a una residencia de

 estudiantes, con muy pocas ganas de estudiar y menos aún de salir de mi casa. Me acuerdo muy bien de esa residencia, en

 el centro de la ciudad, con el mobiliario imprescindible para un estudiante, con paredes llenas de humedad, con galletas,

 música heavy, partidas de cartas, pósters, “El Jueves”, y muchas charlas divertidas con los ingleses Charly, Richie y Mike.

 No es que fueran británicos. Qué va. Eran los tres de un pueblecito pesquero, Rianxo, pero llevaban toda la vida juntos,

 desde el colegio, y habían decidido llamarse así entre ellos. También me acuerdo de Luisiño, el poeta bohemio, al que no

 veíamos en tres semanas, y de repente llegaba un día a las cuatro de la tarde y se pasaba durmiendo hasta la noche. Creo

 que no hace mucho lo vi, como no podía ser de otra manera, viviendo muy intensamente la noche, recogiendo la basura. Y

 no me puedo olvidar de Ortega, futbolista que soñaba con que un día algún ojeador lo descubriría y lo llevaría a triunfar en

 el mundo del fútbol, porque él lo valía, era un diamante en bruto. Al fin lo consiguió. Encontró a alguien que creyó en él, y

 hoy es la gran figura y el máximo goleador en un equipo de Tercera Regional. En fin, tiempos aquéllos, que no volverán.

        El hecho es que mi primer año fue desastroso en lo académico pero sublime en el aspecto lúdico. Nunca hubo otro

 semejante. Por suerte. O por desgracia. Hubo también descubrimientos, muchos descubrimientos. Pude comprobar cómo

 un paseo por la zona vieja de Santiago, ésa que rebosa de imperfectas y húmedas casas antiguas de piedra y madera,

 puede ser tan excitante como una noche loca por los pubs repletos de humo y carcajadas de la ciudad nueva. Y también

 descubrí las pinturas guerreras de las chicas nocturnas los jueves noche. Sí, aunque parezca imposible, yo jamás había ido

 de copas en mi vida anterior. Puedo hablar de vida anterior, pues para mí la vida a partir de la aventura compostelana dio

 tres vueltas de campana y me abrió la mente a nuevos retos, nuevas sensaciones, nuevas vivencias que hicieron que me

 replanteara la forma de ver el mundo. Hay cosas que tuve la fortuna de vivir y que hoy en día son imposibles. Por ejemplo,

 esas visitas interminables a una Catedral semivacía, escuchando mis propios pasos en la piedra milenaria, cautivado por

 formas y figuras omnipresentes, sin preocuparme por el turismo invasor, traidor con la cultura, voraz hasta extremos

 insospechados, alentado por administraciones sin pudor ni respeto alguno. O aquellas clases magistrales impartidas por

 verdaderos sabios que creían en la educación humanística, aquélla que dice que el verdadero sabio nunca lo sabe todo, por

 mucho que estudie. Hombres y mujeres que, como en la antigua Grecia, eran a la vez matemáticos, filósofos, escritores,

 lingüistas, e incluso astrónomos.

 

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