Fue hacia el tercer mes de mi desembarco en el mundo universitario, más o menos, cuando empezaron a ocurrir las muertes. El origen de todo llegó un viernes, según creo recordar. Y digo muerte y no asesinato, porque la víctima, una joven de unos veinticinco años, aproximadamente, apareció colgada de una viga en el desván de su hogar. Suicidio, dijeron los policías. Suicidio, dijeron también los diarios al día siguiente, y la televisión, y las emisoras de radio. Nada hacía sospechar lo contrario. Sin embargo, los amigos de Lorena (así se llamaba la muchacha) sospechaban que una persona en la plenitud de la vida, con ilusiones de un futuro prometedor, era impensable que echara su vida por el retrete y tirara luego de la cadena. Alfonso, un amigo de Lorena, de su misma ciudad, era el que más empeño ponía en que había algo raro en aquella muerte. El forense intentó ayudar al muchacho haciendo un minucioso examen al cadáver, aunque nada extraño halló en la víctima, muy a su pesar, pues creía a pies juntillas en lo improbable de una muerte tan absurda. Debo confesar que, por mi parte, yo tampoco acababa de asimilar aquel óbito tan inútil. Sí. Conocía a la víctima, sólo de verla por los pasillos de la Facultad y charlar con ella y con Alfonso tres o cuatro veces, pero la conocía lo suficiente como para darme cuenta de que aquello era, cuando menos, extraño. Pero la policía se apoyó en el examen forense para dar carpetazo al asunto... durante tres semanas. Ése fue el tiempo que tardó en aparecer la víctima número dos. Esta vez fue más macabro. Fernando, así se llamaba. Llegaba un sábado noche a su casa del número 25 de Romero Donallo, cuando, instantes antes de entrar en el portal, y ante la vista del grupo de amigos que lo acompañaban, se clavó sin pensárselo ni un instante su paraguas de punta de acero en el ojo derecho, con destino al cerebro. Allí quedó el joven, ensangrentado en medio de los gritos histéricos de la pandilla. Nuevamente una persona en la flor de su vida, nuevamente tras una salida nocturna, nuevamente una muerte sin sentido alguno. Igual que Lorena, había empezado estudios universitarios ese mismo año en Santiago, y los cursaba en la misma Facultad, Filología. Alfonso (¡qué casualidad!) volvió a sospechar de muerte tan estúpida, y el forense volvió a realizar un examen milimétrico. Esta vez la policía se detuvo un poco más en estudiar los detalles de ambos sucesos, pensando en la posibilidad de una relación. Una mañana, el detective Nogueira y el agente Vitoria se dieron una vuelta por la Facultad, entrevistando a profesores, a amigos comunes de ambos fallecidos, buscando alguna pista que hiciera pensar en algo diferente al suicidio. Sólo un dato les hizo reflexionar: los amigos que acompañaron a ambos aquellas últimas noches habían observado cómo en los instantes anteriores al desenlace, los jóvenes habían mostrado una actitud extraña, como si estuvieran idos, lejanos a la realidad. Naturalmente, esto no cambió demasiado para las mentes policiales.